
Quizás hoy en día, en todas partes del planeta, no exista nadie que no conozca el nombre de Adolf Hitler. Algunas sabrán un poco más, otros un poco menos, pero a rasgos generales tienen idea de su historia, de su ideología y de sus acciones.
Detractores, opiniones cruzadas y matanzas generalizadas unidas a la historia de un país y del mundo entero. El totalitarismo, el sentimiento de Nación, los prejuicios, la sangre y una Segunda Guerra Mundial donde el Nazismo de este líder alemán fue protagonista.
Esto podría ser el resumen de una clase de historia, pero ¿cómo explicar a un grupo de adolescentes qué fue este peligroso movimiento? ¿Cómo hacerles entender a chicos separados de este hecho por la geografía y por el tiempo que una población pudo caer bajo el carisma de este hombre? ¿Qué ideas fueron inculcadas? ¿Qué sentimiento fue el que los unió para esta atrocidad?
Sí, puede ser fácil de explicar, pero difícil de ver y comprender, mucho menos si no nos ponemos en el lugar del otro. Por eso tal vez es que esta idea de “ponerse en los zapatos de otro” fue lo que llevó a un profesor de un colegio secundario a hacer un pequeño experimento con sus alumnos.
Para hacerles entender a este grupo de adolescentes cómo funciona la autocracia, decidió impartir sus clases con mucha autoridad, generar un clima de unión, donde todos podrían destacarse. Los juntó con un fin común y al mismo tiempo los separó: no todos eran iguales.
Pero lo que empezó como un simple experimento en una clase, llamado La Ola, con una seña que los identificaba y uniformes acordes, comenzó a tomar forma por sí solo, de a poco, y terminó convocando a más estudiantes e iniciando una serie de acciones, enfrentando a estos jóvenes en bandos opuestos.
El terror se sembró en el aula y se extendió de forma alarmante. La pequeña prueba se le fue de las manos. Ahora, ¿cómo frenarla?
No hay comentarios:
Publicar un comentario